Primitivismo conceptual



La complicidad del acto artístico con la formulación de las verdades primeras del hombre se hace evidente en cualquier representación artística.

Durante una entrevista en 2005, el pintor Leopoldo Presas afirmó que [el arte] agrada al ser humano, porque le recuerda el sonido hipnótico del latido materno dentro del vientre. Con ello, la composición artística en su mayoría responde (no intencionalmente) a un principio pagano de proporciones míticas tal y como la construcción de un ídolo.

Así mismo, Manuel Velásquez, escultor y pintor chiapaneco, propone una formulación primitivista del acto creativo que evidencia su serie La forma mínima, no como simple, sino como “arte primero”. Es decir, que se sustenta más allá del minimalismo pues su composición no se basa en desnudes de figuras básicas.Más bien, a partir de un "concepto básico", la obra se autodefine, para funcionar como una abstracción de todo arte en potencia.

Para más información visita: manuelvelazqueztorres.blogspot.com

Un impacto, una palabra, una “cosa”: “La salvación”

Un hombre común busca algo que lo salve en una tienda de abarrotes. Si pensamos en esto, podremos discernir el peligro –y el significado− de la salvación cuando se puede comprar en un lugar cualquiera. Entonces, “La salvación”: un relato lineal que tuerce el hilo del pensamiento.

Por lo anterior, “La salvación” es un pequeño cuento alegórico que hace pensar en Samuel Beckett. Del mismo modo, también nos hace reflexionar acerca de nuestra condición humana y la manera en que aprehendemos aquello que llamamos “fe”.

No hace falta decir más, es mejor leer el cuento y entonces sí, nuestras palabras, como en la oración que cierra el cuento, cobrarán un significado tan mordaz que dañarán lo mismo que una embestida de Mercedes Benz.

(En La salvación, 1971)


Josué S. H.

"La salvación" de Isidoro Blaisten

Fragmento del cuento "La Salvación":

Ilustraciónes: Daniela Kantor

Buenas tardes, señor -dijo el viejo-, ¿qué desea?

-Señor -dijo el hombre que buscaba la salvación-, ¿tiene algo que me salve?


El viejo dejó el lápiz encima de la boleta, lo corrió justo hasta el borde del talonario, cerró las tapas, apoyó las manos sobre el mostrador, ladeó la cabeza, y se lo quedó mirando por encima de los lentes.

El hombre ya empezaba a ponerse nervioso.

Por fin, el viejo dijo:


-Ajá, ¿conque algo que lo salve?


-Sí. ¿Tiene? -preguntó el hombre esperanzado.

El viejo tiró de la punta que asomaba apenas, extrajo el lápiz y dio unos cuantos golpecitos en el mostrador.

-Conque algo que lo salve -dijo nuevamente.

"Qué despacioso", pensó el hombre, "parece un telegrafista".

El viejo arrugó la cara y miró los estantes de arriba, con un ojo achicado, como si estuviera recordando. Después volvió a observar al hombre, salió de atrás del mostrador, y se alejó hacia el fondo del local, que era muy largo y bastante oscuro. Regresó empujando lentamente una escalera con rueditas, que estaba unida por un riel a los estantes de arriba.

El hombre notó que el viejo renqueaba un poco de la pierna derecha. Creyó que iba a subir, porque ya había apoyado la escalera, muy cerca de él, como a cinco pasos, pero el viejo la sacudió un poco verificando la solidez de los peldaños, se sonrió y dijo:

-Ahora, señor, si usted se diera vuelta...

-¡Eso nunca! -dijo el hombre con el rostro demudado y haciendo un ademán de irse.

- Por favor -dijo el viejo sonriéndose más todavía-.

Por favor -volvió a decir-. No me interprete mal. Tiene que ser sin mirar. Dese vuelta y cierre los ojos.


El hombre se dio vuelta y cerró los ojos.

El viejo tardaba. Por fin oyó que subía, respirando fuerte, como si le costase.

El hombre hizo un amago de girar el cuerpo. Desde lo alto escuchó la voz del viejo.

- Ah, no, así no vale. Ya le dije que tiene que ser sin mirar. Dese vuelta y cierre los ojos. ¡Y no espíe, eh!

El hombre apretó fuertemente los párpados, tanto, que la cara se le distendió en una mueca, como si estuviese riendo con la boca cerrada.

Atrás, arriba, el viejo estaba revolviendo algo, alguna mercadería, que hacía ruido a lata. De pronto el sonido cesó.

El hombre sintió que el corazón le empezaba a latir apresuradamente. Tuvo miedo. El viejito no la podía encontrar. Ya la había vendido toda. Se daría vuelta en la escalera, y le diría:

- Señor mío, lo siento mucho. No queda más. Ya puede mirar. Y bajando despaciosamente los escalones, agregaría:

- Hasta la semana que viene no hay nada que hacer... Usted tendría que darse una vueltita el jueves, o más seguro el viernes.

Entonces él, saturado de cansancio, preguntaría por rutina:

-Y dígame, señor, ¿no sabe dónde se podrá conseguir por acá cerca?

-Pero no le estoy diciendo, señor, que la semana entrante la recibimos seguro -insistiría el viejo ya un poco amoscado y apoyando la pierna renga en el suelo.

-No, no puedo esperar. Gracias -y tendría que irse, y suicidarse con bicloruro de mercurio.

Pero no fue así. El viejo seguía revolviendo cosas. "Probablemente debe de haber cajas de cartón, también", pensó el hombre, porque por momentos el ruido a lata se amortiguaba.

Continuará...

Si deseas leer el relato completo mándanos un e-mail y será publicado o en su defecto te lo haremos llegar.

Para quienes quieran ver el cortometraje basado en este cuento dejo el siguiente enlace:


http://www.imdb.com/video/wab/vi3099460121


"El tío Facundo" de Isidoro Blaisten

A continuación un fragmento del cuento "El tío Facundo":

Para que se den cuenta de cómo era mi familia antes de que matásemos al tío Facundo, mejor dicho, antes de que llegase el tío Facundo, les voy a contar lo que decía cada uno de nosotros.

Mamá decía:

Los perros presienten cuando se está por morir el dueño, no hay cosa peor que operar con fiebre, la penicilina consume los glóbulos rojos, decía los varones tiran más para el lado de la madre y las nenas para el padre, decía los chicos de matrimonios separados siempre están tristes, decía los médicos israelitas son los mejores, decía siempre el peor hijo es el que la madre más quiere, decía los que más tienen son los que menos gastan y a lo mejor un pobre, decía pensar que ya tenía el cáncer adentro, decía el empapelado junta bichos, decía antes la gente se moría de gripe.

Papá decía:

La natación es el deporte más completo, los alemanes perdieron la guerra en Rusia por el frío, los militares y los marinos son todos cornudos, los viajantes también, la verdad que lo mejor para afeitarse es la navaja, no hay como un buen vaso de vino tinto en invierno, y una cervecita en verano, las flacas suelen ser tremendas, el vino tinto no se toma frío, fumar negros es mucho mas sano que fumar rubios, ningún médico opera a la propia señora, si al final todo lo que quiere el obrero es su churrasquito y su vaso de vino, piden limosna y tienen una cuenta en el banco, a los ladrones habría que cortarles las manos y colgarlos en plaza mayo, el mejor abono es la bosta de caballo, la pata está en el campo, el asado hay que comerlo de parado, los del campo no tienen problemas: unos choclos, un par de huevos, matan un pollo y listo.

Mi hermana decía:

No hay cosa mas linda que ir al cine cuando llueve. Un pájaro sólo se muere de tristeza. A los que son blancos el sol los pone colorados en seguida, a los morochos no. Van rodando de hombre en hombre y después. Odio las películas que hacen llorar. Me encanta aprender, y aprender. No como algunas que se casan de blanco. No sé la directora para qué insiste con el método global.

Yo decía:

La verdad que a la industria alemana hay que sacarle el sombrero. Los japoneses son muy traicioneros. La natación saca músculos flojos. A los tipos chinchudos la bronca se les pasa en seguida. Hasta que no me reciba, nada de novias. Yo lo que quiero es estudiar, la política fuera de su facultad.

Así era mi familia hasta que llegó el tío Facundo. Papá trabajaba en el ferrocarril, sección tráfico de la estación Retiro. Se levantaba a las cinco de la mañana, tomaba mate mientras se leía el Clarín de punta a punta y después caminaba las siete cuadras hasta la estación Saavedra. Mamá cuidaba la casa, regaba las plantas y miraba televisión. Mi hermana hacía pirograbado, era maestra y estudiaba de asistente social.

Yo estudiaba Ciencias Económicas y era empleado de Contaduría en Casimires Bonplart.

De chicos, recuerdo que mamá y papá hablaban en voz baja del tío Facundo. Cuando mi hermana o yo nos acercábamos, ellos interrumpían la conversación.

En verano, después de cenar, papá sacaba a la puerta el sillón de mimbre para mamá, la sillita baja para él, la silla vienesa (que yo daba vuelta para mí) y el sillón plegadizo para mi hermana.

En esas noches, sucedía que cada vez que papá, después de comentar cómo iba la medianera, volvía a contar otra vez de cuando le publicaron su carta de los lectores en Clarín, no se por qué, mamá siempre hablaba del tío Facundo.

El tío Facundo era el hermano de mamá y de la tía Fermina. Papá no lo conocía ni nosotros tampoco. Cuando mamá se puso de novia con papá, el tío Facundo ya había desaparecido. Cuando tuvimos edad para comprenderlo, mamá nos contó que el tío Facundo se había casado en Casilda y que su mujer había muerto misteriosamente, y que las malas lenguas y la tía Fermina, decían que el tío Facundo la había matado.

El tío Facundo era la oveja negra de la familia de mamá. La tía Fermina decía que para ella no existía como hermano, y que por su culpa había muerto de disgusto la abuela.

Un día recibimos un telegrama del tío Facundo: “queridos hermanos y sobrinos: llego viernes 10. Tren Internacional Posadas”.

Papá no quería recibirlo, pero mamá dijo que a pesar de todo era el hermano, y que el pobre muchacho debía sentirse muy solo, y que si no quería ir a la casa de la tía Fermina y elegía nuestra casa, por algo sería.

De manera que el viernes 10 a las 23:45 estábamos todos en la estación de Chacarita. El tren venía como con dos horas de atraso y mientras esperábamos en la confitería se armó una discusión.

Papá decía que el tío Facundo era un vago, y que si era por unos días podía estar en casa, pero que no se fuera a creer que él lo iba a mantener toda la vida. Mamá y mi hermana decían que basta que uno esté al borde un precipicio, para que en vez de ayudarlo le pisen los dedos. Yo no decía nada.

En eso vino el tren.

Continuará...

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